Cuando te tiras desde una altura de 12 metros, el tiempo que estás cayendo es suficiente para ponerte a pensar que no lo deberías haber hecho… te da tiempo a arrepentirte. Pero es justo en el momento en que lo estas pensando cuando tocas agua, y te hundes en el Lago Atitlan.
Fue eso lo que hicimos nuestros últimos días en Guatemala, visitar el lago y los pueblecitos que hay alrededor de él: Panajachel, San Pedro la Laguna, San Marcos la Laguna, Santa Catarina Palopó y San Antonio Palopó.

El de San Marcos la Laguna fue el que más nos gustó, por sus callecitas estrechas de tierra (bueno, caminitos, más que calles), sus centros de yoga, las rocas desde las que nos tiramos al lago, y su atmósfera “hippie” (ahí todo era hippie, hasta la discoteca, llena de perros).

También fue en San Marcos, en el embarcadero, donde una guiri nos enseñó a todos medio culo mientras miraba unas pulseras (las mujeres del pueblo, tapadas hasta los tobillos con trajes regionales, también se lo vieron).
Por cierto, desde Santa Catarina Palopó, hay un cerro (montaña: el Cerro del Oro) que inspiró un cuento muy conocido… ¿cuál fue?

Nos acompañaron en el lago, Claudia, una chilena encantadora que conocimos en Antigua (y segunda reportera de melargodeviaje) y Eny y Mikkel, haciendo gala de nuevo de la hospitalidad guatemalteca.

Dejamos Guatemala rumbo a San Salvador (El Salvador) y de ahí, casi sin pisar la capital, a una playa del Pacífico, Playa de El Tunco. De El Salvador hablaré poco, porque no nos gustó mucho y sentimos hostilidad e inseguridad: es normalísimo ver a hombres (polis, “seguratas”, etc.) armados hasta las cejas y los comercios (ferreterías, colmados, panaderías….todo) está entre rejas para evitar asaltos.
Incluso en la frontera de El Salvador, dónde se supone que los controles deberían ser algo rigurosos, se subió al bus una mujer, pintada como una puerta (“Oficial de Migración” ) y el único control que hizo fue cogernos el pasaporte y mirarnos (¿será que guarda en su cabeza el registro de TODOS los terroristas más buscados?).
En fin. Fronteras hemos cruzado bastantes últimamente, porque de El Salvador atravesamos todo Honduras en bus –dónde por supuesto no paramos- para llegar a León, Nicaragua, donde estamos ahora, ciudad colonial muy agradable, y lugar de nacimiento del poeta Rubén Darío.

Aquí nos hemos tirado desde lo alto de un volcán, sin casco y en un tablón de madera, para pegarnos unos buenos hostiones (porque alcanzas velocidades de más de 60 km/h). Ellos lo llaman “Volcano Boarding” que suena más “cool”, pero no deja de ser tirarte por un volcán en condiciones super precarias, vestidos como butaneros, para ver quién se la pega más gorda (o quién alcanza el record de velocidad antes de pegársela). También hemos hecho surf, en unas playas cerca de León (super bonitas, Las Peñitas) pero he salido bastante frustrado de mi primera experiencia surfera (no sé si culpa mía o de las olas….).

Ya mañana nos vamos a Granada, a empezar a colaborar con la ONG La esperanza. Tenemos muchas ganas de hacerlo, y también muchas ganas de estar un mes en un solo sitio. A ver qué tal…
Para acabar, hemos superado el reto de poder hacer 1000 fotos sin cargar ni una sola vez la nueva cámara de Casio, la Exilim EX – H10 (¡y lo cómodo que es poder olvidarte de tener que cargarla durante más de 1000 fotos!), y hemos salido en la edición digital de La Vanguardia. Para los que lleguéis al blog a través de ella, ¡bienvenidos! Y no olvidéis que podéis suscribiros a nuestros posts…. ¡ya casi somos 300!


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