Luang Prabang. El tiempo parece detenerse en esta pequeña ciudad colonial a orillas del Mekong. Todo aquí sigue un ritmo tranquilo y relajado, dónde puedes pasear por sus calles y admirar la mezcla entre el oriente y occidente de hace décadas. Edificios coloniales franceses junto a templos budistas centenarios.

Sin tráfico, poco ruido, calor y humedad… una ciudad con mucho encanto y algo mágica. Muchos vienen para unos días y se acaban quedando semanas. Es turística – es la ciudad más visitada de Laos – pero eso no le resta atractivo al lugar. Lo más bonito que he visto en Asia desde que hemos llegado. De nuestros paseos en bici hemos montado un video, para que os hagàis una idea de cómo es.
Llegar a Luang Prabang ha sido otro cantar. Lo primero que tuvimos que hacer fue cruzar la frontera entre Tailandia y Laos, lo que implica tener que cruzar el Mekong (es la frontera entre ambos países) y una vez en Laos, coges un barco lento que durante dos días navega río abajo hasta dejarte en Luang Prabang. El viaje, que puede sonar muy romántico por eso de que navegas por el Mekong y estás en Asía, es un auténtico coñazo.

Te meten en un barco con otros cien mochileros, sentados en bancos de madera, dónde casi no te caben ni las piernas, asándote de calor, y el ruido del motor taladrándote los oidos y obligándote a hablar a gritos. Una pesadilla que te toca vivirla por partida doble, porque si el primer día no has tenido suficiente, después de pasar la noche en un pequeño pueblo a medio camino, al día siguiente te toca volver a sufrirla.


El segundo día tuvimos suerte porque gracias a Alba y Enrico, una pareja que conocimos en Chiang Rai, (y con los que decidimos cruzar la frontera juntos) pudimos hacer el viaje en “primera clase”: dos filas de asientos que en lugar de ser bancos de madera son asientos arrancados de una furgoneta y taladrados en el barco. Todo un lujo en esas circunstancias. Menos mal que al fnal llegas a Luang Prabang y todo lo malo del viaje se te acaba olvidando.
Además de Alba y Enrico, en el viaje también conocimos a tres chicas argentinas, Agustina, Barbara, y Betiana. Los 7, que nos pillamos bastante buen rollo, hemos pasado juntos gran parte del tiempo en Luang Prabang.

Un día nos animamos a hacer una excursión a un pueblito cerca, a pasar el día con elefantes y bañarlos en el Mekong. La cosa consiste primero en dar una vuelta por la selva, sentados en el elefante en una especie de banco-sillín de madera que le ponen encima. Terminada la vuelta, llega el baño en el Mekong, y para esto, te tienes que montar en el elefante a pelo, sin silla ni nada. Por cierto, no os imagineis una hilera de elefantes bajando al Mekong, porque elefantes había dos, y guiris eramos cinco, las tres chicas montadas encima de uno, y Alvaro y yo encima del otro.
Cuando empiezas a bajar no tardas mucho en darte cuenta de que llegar hasta el río va a ser un ejercicio de fuerza y equilibrio impresionante. Al ser la bajada bastante pronunciada, como no eches el cuerpo hacia atrás y te agarres bien fuerte, corres el riego de salir disparado por encima de la cabeza del elefante y ser el primero en llegar, rodando, al río. Así que ahí estábamos, los cinco intentando no salir despedidos y agarrándonos al elefante como si en ello nos fuera la vida.

Cuando llegas al Mekong, el elefante se mete contigo encima, y entonces empieza lo que debe ser más divertido para los guías laosianos que nos acompañaban. Ellos le gritan una orden al elefante (algo así como “Heró!”), y éste se hunde y se zarandea, todo con la intención de ver cuántas veces son capaces de tirarte al río para acabar calados hasta la orejas.

Los cinco acabamos en el agua varias veces, y los guías se meaban de la risa. Cada día lavándonos los dientes con agua mineral para llegar aquí y meterte en el río de cabeza… en fin. El día fue completito, porque cuando terminó la excursión acabamos por casualidad celebrando un cumpleaños laosiano, bailando y bebiendo con algunos lugareños whisky de Laos, que es una bebida super fuerte más parecida al orujo que al whisky. Ese día acabamos cansados, pero nos lo pasamos en grande. Os ponemos otro video, este de la fiesta “laosiana”, con música en directo!
Otra de las cosas típicas que suele hacerse en Luang Prabang es bañarse en unas cascadas que hay a 30 km del pueblo. Se forman piscinas naturales de color azul turquesa espectaculares y aunque nos costó encontrarlas – no porque fuera dificil llegar a ellas, sino porque nos empeñams en buscar unas piscinas “concretas” – al final pudimos bañarnos en agua bien fresca en medio de la selva.


Ese mismo día nos pegamos un buen madrugón, levántandonos a las 5 de la mañana para ir a dar de comer a los monjes. Una tradición de Luang Prabang que se celebra cada día a las 5:45 de la mañana y en la que los monjes desfilan por las calles del pueblo, mientras la gente, de cuclillas o agachados, les echa comida en sus capazos.

Y para comida, los gnocchis con salsa de tomate que cenamos una noche gracias a Enrico y Agustina. Consiguieron comprar en el mercado patata y harina (no es fácil encontrar ninguno de los dos ingredientes en Laos) y sudaron lo suyo para prepararnos unos gnocchis caseros riquísimos.


En fin, que Luang Prabang nos ha encantado, y gracias a Alba, Enrico, Agus, Barbara y Betiana, la experiencia ha sido inolvidable. Gracias chicos!

A media tarde cuando ya ha bajado un poco el sol, nos vamos de templos, unas veces caminando, en bicicleta o en barca. No hay sitio que no tenga uno, dos, o más templos para visitar. Los hay para todos los gustos, con budas de todos los tamaños y posiciones. Los que más nos han gustado son Phra Singh en Chiang Mai y Phra Mahathat en Ayutthaya. En Lopburi tienen uno: Prang Sam Yot absolutamente lleno de monos….los dos primeros macacos que ves hacen gracia y les sacas una foto, pero cuando llevas toda la tarde caminando por la ciudad llena de monos,
les empiezas a coger bastante asco. Mucha gente pasea con un palo para quitárselos de encima, incluso nos avisaron de no tender ropa fuera para que no se la llevaran los monos.
picado los chinches, así que vamos bien serviditos de picotazos. Nos rociamos de repelente, ponemos insecticida en el cuarto y damos unos cuantos raquetazos eléctricos con la raqueta mata-mosquitos que nos compramos al poco de llegar a Tailandia (gran invento!).
, un restaurante (que además hace un curry buenísimo) en el que hemos desayunado, hemos comido, y posiblemente cenemos. Aquí nos apoltronamos hasta que cojamos a las 20:00 el autobús que nos deje en Bangkok a las 8 de la mañana. No es que prefiramos ver Internet a conocer Khao Lak, pero es la segunda vez que estamos en este pequeño “pueblo” de la costa oeste de Tailandia y no da para tanto. Y como he empezado por el final, quizás que vuelva al punto en el que Gabriela se fue. Nos quedamos tristes, y a la tristeza se sumó algo de apatía. Son ya 8 meses viajando, y empezamos a preferir desplazarnos menos y escoger lugares que nos atraigan para pasar varios días.








Como estrella invitada a MELARGODEVIAJE tengo el honor de escribir el segundo post de Tailandia. Admito que no será fácil, porque mi primera aventura en Asia, acompañando por 15 días a Álvaro y Miguelito, dio para mucho.
templos. Aquí es el bien más preciado y Buda tiene cientos de guaridas en donde los creyentes –que son todos- van a rendirle pleitesía. Nosotros no quisimos ser menos y tapados literalmente hasta las orejas –las mujeres debemos entrar sin mostrar ni piernas ni hombros- entramos a todos. Uno de ellos resguarda la imagen de un Buda acostado de más de 16 metros de largo, bañado en oro. A estos templos se llega en River Boat, otra manera de cruzar Bangkok y que resulta más rápida y barata (sólo 13 THB, unos 0,30€).
e nuestros grandes placeres por decir de una manera decente que nos pusimos como el Quico. Sólo por dos euros cada uno comíamos en un restaurante casero llamado Pua Kee, cerca de Kao San Road, una de las calles más populares de Bangkok, recomendadísimo para todos los que tienen planeado hacer ruta gastronómica sin reparos. Esto último no es apto para “tiquis miquis”, porque donde mejor se come es en la calle. No hay que tener reparo alguno de probar un excelente Pad Thai con Tofu, sopa de curry verde con coco o un shake multifrutas. Yo que soy de buen comer –y quedará demostrado en las fotos- no me privé de nada, ni siquiera de la oportunidad de probar langostas, escarabajos y orugas fritas, que saben más a aceite que al mismo bicho.
En este mismo barrio nos quisieron tomar el pelo a nosotros. Curiosos por ver a las ping pong ladies –chicas que hacen malabarismos con pelotas de ping pong y no precisamente con las manos- nos dejamos llevar por uno que nos ofreció el show. Lo seguimos y llegamos a su local, más cutre no podía ser. Nos soprendió que al principio no nos dijeran los precios reales de las bebidas. Pedimos tres cervezas y esperamos atentos a que saliera la estrella. Nuestra decepción fue más grande cuando nos dimos cuenta que el clímax de la actuación era que la bola entrarar a un vaso que la mujer se ponia en medio de las piernas. Eso parecía una gallina poniendo un huevo, vamos, y hasta yo lo puedo hacer mejor! Nos quisimos ir y allí vineron los problemas. Al traer la cuenta sumaban 4.300 baths, casi 85€. Nos estaban cobrando el show -¿cuál?- las copas de las chicas –no habíamos invitado a nadie- y las cervezas –que nos tomamos a medias. Miguel se puso a discutir y el dueño más se enfureció. Por otro lado Álvaro gritaba a la dueña, y yo me tomaba la cerveza de los nervios. Al final pagamos sólo 1.000 baths es decir, las tres cervezas y nos fuimos con la sensación de sentirnos timados, aunque unos días más tarde comprobamos con otros viajeros que no seríamos ni los primeros ni los últimos.
La ciudad ya nos pareció suficiente y partimos a la playa: Koh Tao. Llegamos a la isla pensando que nos esperaría una vida tranquila, con gente autóctona, pero aquí está hecho por y para turistas y más que pieles morenas y sonrisas agradables nos recibieron guiris un poco locos, quemadísimos por el sol y con cara de pocos amigos. Las playas eran lindas, arena blanca, pero estaba más poblado que Ibiza en agosto y eso para tres treintones en busca del paraíso, no era suficiente.

Llegar no fue fácil y nos supuso más de 12 horas de viaje –lo mismo que a mi desde MAD a BKK- , dos cambios de barco, un autobús, una van incomodísima y una noche en la ciudad de Krabi que se compensó con la visita al mercado nocturno donde nuestro objetivo fue probar lo más raro de los puestos de comida y cada plato por solo 10 baths.


hoy es un embarcadero repleto de turistas que en defintiva no te dejan ver la playa, aparte de pagar 200 baths por pisarla-, hacer snorkel en el mar más turquesa rodeados por acantilados y conocer las islas donde fue el tsunami del 2004. Estas últimas las famosas Phi Phi Don, ya no podían estar más llenas de gente, absolutamente NO recomendables a primera vista porque no puedes disfrutar de la playa por la cantidad de lanchas que hay ni por lo caro que es todo.

Fuimos unos días a Lancelin con la intención de hacer más surf, sin embargo las circunstancias del mar no lo permitieron, así que volvimos a Perth a pasar los últimos días en Australia e intentar gastar lo menos posible, dejando para nuestra etapa asiática todos aquellos pequeños caprichos que nos apetecía darnos: cenar en un restaurante, una buena cervezota en una terraza, el heladito de la tarde…. Dar la vuelta al mundo de low-cost en low-cost puede salir barato (ej. Perth-Bangkok 234€) pero te obliga a veces a planear con antelación los vuelos y no siempre es fácil calcularlo. Por cierto, que el otro día vimos un ofertón para volar a Tokio la primera semana de julio y nos hemos comprado el billete, así que si alguien se anima a conocer la gran nipona con nosotros, allí estaremos.
Hemos llegado a Bangkok y transitar por las calles de este mega-urbe puede parecer de todo menos aburrido…es un no parar de gente y más gente, coches, motos, taxis de colores, tuk-tuks y sobretodo comida…..comida por todos lados, puestecitos donde la preparan….de noodles, de sopas, de frutita bien peladita y cortadita, de fritos, arroces, pescados, pollos colgando….otros dónde venden vegetales, semillas, especias. Cuando ves tanta comida y sobretodo hueles tantos olores, tengo sentimientos encontrados: por una lado un poco de repelús de ver todo tan sucio, de pensar cómo habrán fregado esos cuencos roñosos en los que se cocina, me acuerdo del agua del grifo, las diarreas ….pero al mismo tiempo una
curiosidad terrible por probarlo todo, porque descubrir sabores nuevos me encanta, y en es especial, la comida tailandesa me fascina. Si además de tanta variedad, te encuentras con que lo más caro que te puedas comer por las calles de Bangkok no llega a un euro, ¡pues disfrutas más todavía!
Por si todo esto fuera poco, también están las manifestaciones de los camisas rojas, aunque más que manifestaciones yo diría que tienen un auténtico campamento montado en pleno centro de la ciudad, con carpas, escenarios y equipos enormes de altavoces donde dan los discursos, tiendas de campaña, wc públicos, duchas, peluquería, masajes, más puestos de comida, de merchandising y gente y más gente literalmente acampada en medio de la calle. Nos dimos una vuelta y en absoluto tuvimos la sensación de peligro, al contrario, allí parece todo el mundo muy tranquilo, dispuestos a no moverse
hasta que no se celebren las elecciones anticipadas que reclaman, para que haya un cambio de gobierno. Al rey, sin embargo (que es de los que reina pero no gobierna) parece que todo el mundo lo quiere mucho y allá donde vas te encuentras unas fotos enormes del buen hombre con gafas y sus mejores galas.
Y hablando de amigos, quiero aprovechar para enviar un abrazo muy muy fuerte a Pablo y Elena, la pareja sevillana que conocimos en Nueva Zelanda, que por causas de fuerza mayor han tenido que volver a España mucho antes de lo previsto….Elena, esperamos que estés bien prontito , ¡muchos ánimos!
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