Una noche en el Valle de la Muerte
Siempre dicen que los años de la universidad son los mejores de tu vida. Yo no pienso así. Creo que cada año de mi vida ha sido una verdadera aventura, por todo lo que he aprendido, conocido, admirado. Pero no puedo negar que mi etapa estudiantil (de niñata empollona, por cierto, quién lo diría) tuvo grandes momentos.
Los chilenos somos de poco viajar, quizás por lo lejos que nos queda todo, ¡estamos al fin del mundo, joder! pero cuando lo hacemos lo disfrutamos y abrimos el doble los ojos como para hacer una vista panorámica u “ojo de pez” y no perdernos nada de lo que hay alrededor.
Eso me pasó la primera vez que llegué a San Pedro de Atacama, al interior de la Segunda Región de Antofagasta, justo en la zona más ancha de Chile, en mi primer viaje de la uni con mi profe de Antropología, Héctor “Otolito” Garcés (parece nombre de futbolista y todo), aquel viejo bonachón que nos introdujo al mundo del Ice Tea como única bebida 100% refrescante y que nos exigía como dresscode el pañuelito de seda en el cuello, porque nos protegía del sudor y porque en el fondo nos daba ese toque chic de excursionista que él ya se había ganado con todas las pateadas que se había pegado en el desierto más árido del mundo.
Me acuerdo que antes de irnos al pueblo de San Pedro, Otolito decidió que dormiríamos en el Valle de la Muerte. El nombre no parecía nada atractivo y ya nos imaginábamos que nos aparecerían los espíritus de los atacameños –indios autóctonos de la zona y padres de mi civilización- y como no, nos cagaríamos de miedo. Cuando llegamos a la zona cero la sensación de estar solos en el mundo y de sentirnos pequeñísimos nos invadió a todos. Éramos en ese entonces pendejos de 19 años, que lo único que queríamos era llegar para armar el campamento y bebernos el buen tinto en caja de tetra brik, pero la inmensidad, el silencio, los azules, lilas y rosas de los montes y sobre todo lo azulísimo del cielo nos dejó pasmados. En ese preciso instante nos dimos cuenta que el viaje de más de una hora caminando bajo los 43 grados de calor dirigiéndonos al Valle de la Muerte, no era la muerte… sino el cielo.
Después de armar el campamento –todo el mundo quería ponerse lo más lejos posible del profe porque decían las malas lenguas que roncaba como león- comenzaron los preparativos de la cena. En esas circunstancias, el bol de atún, cebolla y mayonesa, con ese toque de limón calentado a 40 grados, era manjar de dioses. La tonta Inka Cola no podía faltar, esa bebida amarilla, dulce y pegajosa que por cojones debíamos comprar porque era lo autóctono.
Antes de que se fuera el sol, me fui a caminar por el valle. El único sonido que se escuchaba en ese mar de arena era el de mis Caterpillar –compradas para la ocasión- rozando con el suelo aquel que jamás había sido regado por lluvia alguna. La sensación de aridez ya se estaba apoderando de mí. Mis labios –siempre sensibles- ya comenzaban a sentirse ásperos y el herpes maldito que se avecinaba, era imposible de controlar. Pero todo daba igual, estaba en el Valle de la Muerte –ahora me pego el alcachofazo y entiendo el nombre-¡allí no había vida!.
Y creo que por esto último – y termino aquí porque me he enrollado como persiana- sólo vale la pena ir… Porque la sensación de vida en el Valle de la Muerte es única.






por cierrrrrrrtoooooo donde me apunto yo?¿?¿ que ruta?¿ en que lugar volvermos a vernos??¿bueno voy mirando a la ruta pero creo que necesito a apuntarme aunque sea corto pero INTENSOOOOOOOOO….. para disfrutar un momento de este viaje….
muaaaaaaaaa